La ruta del 5 rara vez es recta. Pasa por varias ciudades, varios oficios, varios círculos de amistades. Una mudanza imprevista en la adolescencia, una primera orientación abandonada al cabo de un año, una temporada en el extranjero, un cambio de profesión a los cuarenta: esas curvas forman parte del camino. Algunas se eligen, otras se imponen. En ambos casos, enseñan lo mismo: adaptarse, rebotar, aprender deprisa.
Este camino pone en contacto con ambientes muy distintos. Se conoce a gente de otros países, de otras profesiones, de otras clases sociales. Estos encuentros amplían el horizonte y dan un conocimiento concreto del mundo que los libros no reemplazan.
La gran lección del camino 5 trata de la libertad: conquistarla cuenta menos que aprender a usarla. Al principio, la libertad puede tomar la forma de una serie de partidas. Con el tiempo, se convierte en la capacidad de elegir con conocimiento de causa: irse cuando hace falta, quedarse cuando vale la pena.
El camino 5 incluye también períodos más inestables: ingresos irregulares, proyectos interrumpidos, impresión de empezar de cero. Estos momentos forman parte de la ruta. Obligan a encontrar referencias interiores en lugar de contar con un decorado fijo. Una amistad antigua, una práctica regular, un saber hacer que se lleva a todas partes hacen entonces de ancla.
En la madurez, muchos caminos 5 convierten su experiencia en recurso. Se vuelven quienes acompañan el cambio de los demás, porque lo han vivido varias veces.