Urano en una carta astral
Urano no pertenece al cielo de Ptolomeo: William Herschel lo detectó en marzo de 1781, desde su jardín de Bath.
La astrología lo incorporó en el siglo XIX y le dio un papel a la medida de esa irrupción: la ruptura, la novedad, la independencia, la técnica, el relámpago de intuición. Los astrólogos lo asocian de buen grado con el período que lo vio nacer, el de las revoluciones estadounidense y francesa y los inicios de la industria.
Su órbita dura unos ochenta y cuatro años, es decir, una estancia media de siete años por signo. Su signo describe, pues, sobre todo un movimiento generacional: la manera en que una franja de edad sacude los hábitos de la anterior, por la tecnología, las costumbres o las ideas. Es su casa, y sus aspectos con los planetas personales, lo que lo vuelve íntimo. En la casa 4, sacudiría la idea de hogar; en la casa 10, llamaría a trayectorias atípicas; en la casa 7, a vínculos que dejan mucho espacio.
Su reverso es la inestabilidad. El gusto por lo nuevo puede volverse incapacidad de quedarse, la independencia un rechazo a depender de nadie, la originalidad una provocación. Bien vivido, Urano aporta la lucidez de una mirada descentrada y la audacia de cambiar lo que ya no funciona. Sus contactos con el Sol, la Luna o el ascendente dicen si esta sed de aire marca a la persona misma o sigue siendo sobre todo un rasgo de su época, compartido con sus contemporáneos.