Plutón en una carta astral
Clyde Tombaugh detecta Plutón en febrero de 1930 en el observatorio Lowell, en Arizona, comparando placas fotográficas tomadas con unos días de intervalo.
Bautizado con el nombre latino del señor de los infiernos, guardián también de los tesoros enterrados, recibió una interpretación a su imagen: los astrólogos le han confiado lo que ocurre bajo la superficie, las crisis que transforman, el poder en todas sus formas, los secretos y los recursos ocultos.
Su órbita muy alargada hace que permanezca de doce a más de treinta años en un mismo signo: describe, pues, las transformaciones de una generación, su relación con el poder, con la crisis, con el tabú. Es su casa lo que lo convierte en un asunto personal. En la casa 2, volvería el dinero intenso, entre control y metamorfosis; en la casa 7, daría a las relaciones una profundidad a veces tormentosa; en la casa 10, una ambición que quiere pesar sobre las estructuras. Cuando toca de cerca un luminar o el ascendente, pesa claramente más sobre la personalidad.
Plutón no es ni bueno ni malo: empuja a llegar hasta el final. Su reverso es el dominio, la necesidad de controlarlo todo, la dificultad para perdonar, la elección del todo o nada. Su cara luminosa es la capacidad de renacer tras una prueba, con más lucidez, y de ayudar a otras personas a atravesar sus propias crisis.