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Purificar una piedra: agua, sal, humo, lo que soporta

Purificar una piedra es un ritual de la litoterapia: agua, sal o humo la liberarían de lo que habría absorbido, sin efecto medible.

Purificar y limpiar, dos gestos distintos

Limpiar una piedra es quitar el polvo, las huellas de dedos o el depósito de una joya llevada: un gesto útil, cuyo resultado se ve. Purificar es otra cosa. Según la litoterapia moderna, una piedra absorbería influencias de su entorno, de la persona que la lleva o de las que la han tocado en la tienda, y habría que librarla de ellas, sobre todo al comprarla. Esta idea nunca se ha medido: nada distingue una piedra «purificada» de otra. El gesto puede conservar un sentido personal, marcar la llegada de una piedra a casa, siempre que no la dañe.

Los métodos referidos

Las obras recientes proponen el agua corriente, unos minutos bajo el grifo; el agua salada o la sal seca, a veces durante una noche; el humo de incienso, de salvia blanca o de palo santo, por el que se pasa la piedra; el sonido de un cuenco cantor o de una campana; el entierro en tierra o en arroz. Algunos autores añaden un paso por una drusa de cuarzo. La elección varía de un libro a otro, y ninguno se apoya en una medición: son usos de la tradición, transmitidos de obra en obra.

Agua y sal: las piedras que sufren

El agua disuelve o altera la selenita y la angelita. Penetra en las piedras porosas: turquesa, howlita, la malaquita, el lapislázuli o la piedra volcánica. Empaña la pirita y la hematita, y la pirita puede incluso oxidarse. La sal agrava estos daños, porque el agua salada deja cristales en los poros al secarse; sus granos rayan además las piedras más blandas que ella. Los cuarzos, duros y no porosos, soportan en cambio un aclarado breve, seguido de un secado completo.

Humo, sonido y tierra

El humo no daña la piedra en sí, pero la llama impone algunas reglas: un recipiente estable y resistente al calor, nunca brasas sin vigilancia, lejos de las cortinas. Los humos de incienso cargan el aire de una habitación cerrada: abre la ventana después del ritual. El sonido de un cuenco cantor o de una campana no supone ningún riesgo. La tierra y el arroz ensucian las piedras porosas y mantienen la humedad contra las piedras metálicas. Una joya cuya piedra está pegada, por último, teme el remojo, que puede despegarla.

Limpiar sin riesgo

Para la mayoría de las piedras, un paño suave y seco basta. Las piedras duras y no porosas soportan un agua tibia ligeramente jabonosa, y luego un secado completo. Evita para todas los productos de limpieza y los cambios bruscos de temperatura, y reserva los baños de ultrasonidos para las piedras duras, ni porosas, ni frágiles, ni mejoradas. Las piedras que contienen cobre, como la malaquita, la azurita o la crisocola, se limpian en seco; después de manipular un trozo en bruto, lávate las manos. Para conocer la regla propia de tu piedra, abre la herramienta «Cuidar mi piedra».

Lo que soporta tu piedra: agua, sal, sol

Ninguna piedra tiene un efecto demostrado sobre la salud: ante cualquier molestia, consulta a un profesional sanitario.

Purificar una piedra: agua, sal, humo, lo que soporta: tus preguntas

¿Cómo purificar una piedra sin dañarla?

Si no conoces bien la piedra, elige un método sin agua ni sal: el humo de incienso, el sonido de un cuenco, la luz de la luna o un simple momento en que la sostienes en la mano. Estos gestos pertenecen a la tradición y no tienen efecto medible, pero no suponen ningún riesgo para la piedra. La herramienta «Cuidar mi piedra» precisa el resto, piedra por piedra.

¿Hay que purificar una piedra recién comprada?

La litoterapia moderna lo aconseja, porque la piedra conservaría la huella de las manos que la han tocado; nada mide tal huella. Una limpieza de verdad, en cambio, tiene su utilidad: un paño suave para quitar el polvo de la tienda, y un aclarado solo si la piedra lo soporta. Aprovecha este momento para comprobar su denominación exacta en la factura.

¿La sal daña las piedras?

Daña las que son porosas, solubles o metálicas: el agua salada penetra en la turquesa o la malaquita, ataca la selenita y empaña la pirita. Sus granos rayan también las piedras más blandas que ella, como la selenita. Los cuarzos y las piedras duras no porosas la soportan en un contacto breve, siempre que se aclaren bien y se sequen después.

Lo que soporta tu piedra

Agua, sal, sol, calor, golpes: la respuesta para tu piedra, con la razón, antes de limpiarla o de cargarla.

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